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viernes, 8 de junio de 2012

COMPASIÓN, GENEROSIDAD, ENTREGA...


COMPASIÓN, GENEROSIDAD, ENTREGA...
“Sean compasivos como es compasivo el Padre de ustedes. No juzguen y no serán juzgados;
no condenen y no serán condenados. Perdonen y serán perdonados. Den y se les dará:
Recibirán una medida generosa, apretada, sacudida y rebosante.
Porque con la medida que ustedes midan serán medidos”.
(Lc 6, 37-38)

Hablar de compasión en nuestros días a alguien le puede sonar a disco de 45 revoluciones, es decir, a música de otro tiempo, pues muchas veces la compasión tendemos a confundirla con el sentimiento de tristeza que se experimenta ante el sufrimiento de alguien por quien nos parece imposible poder hacer algo. Tristeza o lástima que a lo mucho consigue una expresión de lamento como diciendo: ¡Nos gustaría poder contribuir con algo!
Hay que decirlo de nuevo, aunque se haya repetido ya tanto. Los pobres y los necesitados de nuestro tiempo no esperan de nosotros un gesto de lástima, sino un acercamiento con pasión, es decir, con todas las fuerzas de nuestro corazón, sin prejuicios, sin miedos, con generosidad y entusiasmo. Con la fuerza suficiente para demostrar que cada persona la consideramos única, un tesoro, una gracia. Alguien que merece en todo tiempo consideración, ternura y respeto. Alguien a quien consideramos importante e indispensable, pues sin ella en la humanidad no estaríamos completos.
Siguiendo las indicaciones del pequeño texto del evangelio que está al inicio de estas líneas, aprendemos que sólo se puede ser compasivos cuando adoptamos como reglas de conducta la prohibición a juzgar a los demás, lo que pone en su lugar nuestra pretensión de ser el metro para medir el mundo.
Cuando aceptamos como imperativo el no condenar, pues todos somos peregrinos que transitamos por el mismo camino y es muy fácil caer el hueco que otros ya han caído o tropezar con el obstáculo en donde muchos han visto estrellarse en añicos la soberbia y el orgullo que tanto defendemos.
Descubrimos que ser compasivos va de la mano con el perdón que significa convertirse en don para los demás. Perdòn, que quiere decir “gratuitamente” y que en ningún momento puede significar compensación o deuda pendiente que guardamos para sacarla en el momento oportuno como exigencia a los demás.
Perdón que puede acercarnos a la experiencia de perdernos, de renunciar a lo que en algún momento podríamos considerar un derecho o una obligación hacia nosotros por el simple gusto de darnos la posibilidad de sentir lo que significa ser humildes. Perdernos que no significa negarnos todo aquello que nos puede ayudar a ser auténticamente humanos.
Compasión, generosidad y entrega son experiencias que se llaman entre sí y se reclaman como necesarias una de las demás. Dar y ser generosos son paso obligatorio para llegar a la verdadera compasión, pues no hay mayor secreto para poseer todo que abrir las manos para ofrecer lo que somos y tenemos. Sólo en una mano abierta, símbolo de la generosidad, se puede recibir lo que no cabe en los cofres y lo que se puede contabilizar en acciones bancarias. Sólo entonces se descubre el valor de los demás.
Ser compasivos es escuela y camino que llevan lejos, pues nos permite descubrir las riquezas que llevamos dentro. Las otras riquezas no las podrán meter en los ataúdes a donde seguramente nadie irá a pedirnos ayuda.
Las riquezas verdaderas son las que podemos depositar en el corazón de las personas que el Señor nos regala a diario y que serán capaces de recordarnos para siempre como los únicos/as que supimos un día sembrar un pedazo de eternidad en algún corazón humano.
Seguramente un poco de compasión en este tiempo a todos nos vendrá muy bien y, de repente, nos encontraremos con las medidas bien repletas, sacudidas y rebosantes...
P. Enrique Sánchez G. Mccj (Misionero Comboniano)

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